Orgullosa de ser desertora

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Por Stephanie Atkinson

No soy objetora de conciencia. No soy alguien que haya tenido que defender sus creencias de negarse a participar en la guerra. Soy alguien que cuando fue llamada a filas para participar en una guerra que consideraba injustificable por muchas razones, se negó a hacerlo. Me convertí en una desertora del Ejército estadounidense por mi oposición a la Operación Tormenta del Desierto. Soy sólo una más en un largo historial de resistentes a la guerra, pero estoy orgullosa de aquella decisión, de haberme negado a participar en aquella guerra.

Si el Ejército estadounidense acepta otorgarte el estatus de objetora de conciencia, sales del Ejército honrosamente. Esto ocurre, no obstante, después de un proceso militar largo y muy difícil, en el que las objetoras y los objetores tienen que defender su proceder, que suele ser coherente con una oposición a la guerra por motivos religiosos o morales.

Yo me defino como resistente a la guerra por muchas razones pero nunca he presentado una solicitud para el reconocimiento del estatus de objetora. Además, si lo hubiera hecho, creo que no habría podido defender mi oposición a la guerra ante el Tribunal Examinador. Mis razones fueron sobre todo políticas, y en cualquier caso, indefinidas. En lugar como objetora, me veo más bien como una persona orgullosa de haber desertado. Pienso que hay mucha gente como yo, quizá no sientan este orgullo que yo siento, pero han desertado o han hecho el Ausente Sin Permiso (AWOL, en inglés); personas que quizá no sepan explicar bien por qué, pero que han acumulado una serie de experiencias y de sentimientos que las han llevado a sentir que “algo no va bien”. Pero me cuesta mucho contar la historia de mi experiencia. No tengo, por ejemplo, el sentimiento de haber hecho algo noble por haberme opuesto a ir a guerra por profundas convicciones religiosas. De hecho, no soy creyente. Cuando me opuse a ir a la guerra, no disponía de ninguna argumentación, ni elocuente ni sólidamente razonada, ni basada en datos ni en un análisis político. (Esta educación me vino más tarde, y me sirvió para validar y darle una fundamentación a mis sentimientos.) Pero sí tenía sentimientos y experiencias que me decían que estaría mal participar en la primera guerra del Golfo. No me conmovían los discursos patrióticos y sobre la lealtad. Pasar a estar Ausente Sin Permiso no me supuso un dilema moral o amoral que requiriera justificación religiosa o moral. No sentía la presión de si “mi país tenía razón o no”. De hecho, sentía lo contrario: “Esto está mal, por muchas razones, y no lo voy a hacer. Personas de los dos bandos morirán, se dilapidarán recursos y dinero, y nada de esto ayudará a conseguir nada para mejorar las condiciones de nadie”.

Cómo fue que ingresé en el Ejército estadounidense

Me alisté en las reservas del Ejército estadounidense a los 17 años, en septiembre de 1984, con la autorización de mi madre. Lo decidí de repente, sin pensarlo mucho. No tenía esos planes; no tenía planes de ningún tipo. Aunque en el instituto había sacado matrícula de honor, no había recibido mucha orientación de nadie. A eso hay que sumar que mi vida en casa estaba llena de problemas emocionales y económicos. En mi último año de secundaria, empecé a preparar mi marcha, con unas ideas vagas sobre mi futuro. Había abandonado todas las actividades extracurriculares y me había buscado empleos a tiempo parcial, sólo iba al instituto la mitad del día. Lo que más ansiaba era independizarme, poder mantenerme económicamente, y empezar mi vida.

Me crié en un pueblo. Hay muchas comunidades como la mía: agraria y obrera, política y religiosamente conservadoras y con oportunidades económicas limitadas. (Más tarde, cuando conocí a otras personas resistentes, me di cuenta de que muchas compartíamos circunstancias similares, procediéramos de la periferia industrial, de pueblos o de barrios pobres en el centro de las ciudades. Muchas veníamos de familias monoparentales obreras. Y lo normal era que no supiéramos qué queríamos ser o a qué nos queríamos dedicar. Aunque en realidad, ¿quién lo sabe a los 17, 18, o 21?) Estas comunidades son ideales para la captación militar. Para las personas adultas jóvenes que no saben qué van a hacer ni cómo empezar sus vidas, el Ejército aparece como una oportunidad real de acceder a estudios superiores, conseguir un empleo fijo, independencia económica, la oportunidad de viajar... Vivir experiencias que jamás vivirían si continuaran en sus comunidades. Con mis buenas notas, mis ganas y mi ingenuidad, con mi voraz deseo de irme de casa, yo era una candidata ideal.

Acompañé a mi madre y a mi padrastro (que quería alistarse en la Marina) a una oficina de reclutamiento, y fue fácil captarme: yo había hecho el ASVAB en el instituto (examen de aptitud para una carrera en las Fuerzas Armadas), porque me gustaba hacer tests. Resultó que el oficial de reclutamiento tenía mis notas. ¡Muy conveniente! Era una joven sana inteligente, sin planes de futuro y con una madre entusiasta dispuesta a firmarme la autorización para que pudiera alistarme de inmediato. ¡Podría aprender tantas cosas! ¡Y viajar! ¡Ir a la facultad! Los captadores nos dijeron a mi madre y a mí todo lo que queríamos oír sobre lo que sería para mí ingresar en el Ejército, y no nos corrigieron ninguna percepción desinformada que tuviéramos sobre lo que era en realidad estar allí. En un par de horas, ya habíamos hecho los preliminares de mi enlistamiento. Estaba muy emocionada y un poco nerviosa: tenía un plan, algo en lo que pensar durante el curso.

Flotaba en una nube de ensoñaciones. Había tomado una decisión como una persona adulta, y ser una adulta independiente estaba tan cerca... Pero era una adolescente con información muy limitada, y, cierto, había tomado una decisión de persona adulta: de vida y de muerte. Lo que menos me había planteado era que estar en el ejército estadounidense significaba algo muy concreto: guerra. No tenía información o sentimientos fuertes respecto a temas nacionales o internacionales, ni siquiera tenía el sentimiento de patriotismo o de estar respondiendo “una llamada superior”. Nunca había considerado la guerra o la violencia más que como parte de la Historia de la Antigüedad. Mis dos abuelos habían ido a la Segunda Guerra Mundial, pero eso eran cosas de “viejos”. Como la mayoría de las personas adolescentes, no tenía un sentido de la mortalidad y tampoco una preocupación por el mundo en su conjunto, sólo aspiraba a cambiar mis circunstancias personales inmediatas. ¿Es eso egoísta? Sí. ¿Es raro en la gente joven? No.

Todas las percepciones erróneas que había tenido sobre el Ejército a la hora de alistarme quedaron disipadas en mi experiencia de la Formación Básica, en el verano de 1985. La misión principal de estos entrenamientos es “forjar soldados”, es decir, destruir psíquica, emocional y físicamente a la persona que eres, para hacer de ti una “eficaz máquina de combate”. El proceso de transformación de adolescente ingenua en soldada se me hizo muy difícil. En casa, por los problemas emocionales que había, me había acostumbrado a los gritos y las escenas. Sin embargo, ésta era la primera vez que ser “buena” o “lista” no me servía de nada para evitar que me gritaran. Todos los días solicité mi vuelta a casa, todos los días me lo denegaron. Quedó bastante claro desde el principio que yo no encajaba. Deseaba suspender, para terminar con aquellos entrenamientos y salir de allí. Lo raro de todo aquello fue que, de hecho, me convirtieron en una eficaz máquina: me endurecí, me convertí en alguien más fuerte, por lo que les pareció importante retenerme. Mi sargento me amenazó con Reciclaje, lo que quería decir repetir la Formación Básica en lugar de graduarme y pasar a la Formación Individual Avanzada. Ser reciclada era la peor de mis pesadillas, por lo que esto me dio fuerzas para luchar por pasar a la siguiente fase.

Poco a poco, empecé a llevar mejor los entrenamientos. La falta de sueño, los cambios en la dieta, el contacto constante con el grupo, el cambio en el modo de vida, y el entrenamiento, le comen la moral a cualquiera. Pero incluso en aquel punto, la guerra seguía siendo algo abstracto. Los ejercicios, entrenar con armas, las simulaciones y los ensayos de guerra seguían sin tener significado para mí. Para mí, eran algo “por lo que tenía que pasar”. A mediados de octubre de 1985 había terminado mis dos procesos de formación, Básico y Avanzado, en el Fuerte Jackson, Carolina del Sur. En noviembre y diciembre, volví a casa y allí me quedé, atrincherada. Mi madre tuvo que animarme a que me apuntara al semestre de primavera de la facultad. La adolescente ingenua que había en mí había muerto. Era otra persona: más dura, con más miedo y más cautela respecto a la gente. Antes del entrenamiento, me emociona la posibilidad de probar cosas nuevas; ahora me daba miedo, porque si todo fuera mal, creía que no podría dejarlo.

Resistencia creciente

Como la mayoría de las jóvenes y los jóvenes estadounidenses, no me interesaba lo que pasaba en el mundo, y no tenía tiempo para enterarme de esas cosas. Como lo peor de mi formación militar ya había pasado, lo de ser reservista un fin de semana al mes y dos semanas en verano sólo me pareció una actividad más. Pronto me adapté a las libertades y responsabilidades de ser una universitaria. Tenía varios trabajos a tiempo parcial, estudiaba todo lo necesario para mi semestre y luchaba por construirme una vida mejor, aunque tuviera un contrato de seis años con el Ejército. De paso, intentaba pasármelo bien, hacer amistades, y disfrutar de mi vida independiente, que es lo que más había deseado.

Como reservista, no sentía que esta parte de mi vida fuera tan significativa como el resto; la guerra seguía siéndome ajena. La guerra del Vietnam era un tema del pasado, de la generación de mis padres, algo que se analizaba en clases de Historia. A mediados de los ochenta, en la era Reagan, los conflictos militares ocurrían en las selvas de pequeños países de habla hispana o alrededor de muros que había que destruir y guerras frías con las que había que terminar. En cualquier caso, yo seguía notando tendencias que me preocupaban: parecía que cada verano, Estados Unidos estaba invadiendo un nuevo país. Recuerdo que sentí mucha ansiedad cuando invadieron Panamá.

Pronto mi aprendizaje sobre el mundo y mi papel en él se coordinó con mis experiencias como soldada “a tiempo parcial”. Entre 1987 y 1989 hice dos viajes al extranjero, uno a Japón, y uno a Corea del Sur, como integrante de la Operación Espíritu de Equipo, un ejercicio militar conjunto que se celebra una vez al año. Cada vez me sentía peor con cómo nos portábamos fuera de nuestro país, como personas: actuábamos como abusones. Me frustraba nuestra falta de interés en la gente y los paisajes que nos acogían. Se trataba de gente con la que trabajábamos para defender nuestros intereses mutuos y les tratábamos fatal. Éstas fueron mis experiencias a nivel individual, no a nivel global. No pude entender las cosas racionalmente hasta años después de mi resistencia, cuando fui encontrando explicaciones a qué era lo que me hacía sentir tan mal. (Cynthia Enloe, en su obra Bananas, Beaches and Bases explica elocuentemente el impacto de una base militar en una comunidad y en última instancia en un país. [1]) Mis experiencias se limitaban a acompañar a compañeros de unidad a los clubs nocturnos y los espectáculos de strip-tease, emborracharme con ellos e intentar que no se pelearan o portaran mal con la gente.

Mientras tanto, como estudiante, en mi “verdadera vida” empecé a hacerme amiga de gente de una pequeña contracultura de la Universidad Illinois del Sur, punk rockers que sacaban fanzines de música y política. Participábamos en las protestas contra las armas nucleares y empezamos a prestarle atención en serio a asuntos originados en la era Reagan, como el Irán-Contra. Mi participación en mi unidad de reserva se convirtió en algo irritante que tenía que soportar. (Estoy segura de que el sentimiento era mutuo respecto a mis superiores.) Cada vez obedecía menos, estaba más irascible, y no funcionaba bien “en equipo”. Básicamente, iba allí e intentaba que pasara el tiempo gastando la mínima energía posible. Era una soldada nefasta. Iba a mis entrenamientos de fin de semana mensual con el pelo punk, me negaba a pasar las pruebas de tiro, y en general tenía muy mala actitud. Algunas de estas cosas tenían que ver con ser joven, pero también con mi malestar por el compromiso que había adquirido con el Ejército a plazo largo, porque no lo podía dejar. Ójala hubiera sabido que había consejeros militares que ayudaban a gente en mi situación.

En mi último campamento de verano en 1990, me moría de ganas de que llegara el fin del contrato de seis años. Tenía 23 años, hacía menos de un año que había terminado la facultad y estaba lista para seguir adelante con mi vida. Aún no sabía qué iba a hacer, pero tenía bastante claro que no quería seguir en el Ejército. No habíamos formado una buena pareja. Me encontraba en el campamento de Wisconsin con una unidad distinta a la mía (porque se me había pasado la fecha de mi campamento), cuando en el ultimo día de ejercicios, me enteré de que Irak había invadido Kuwait. Una vez más, este hecho parecía no tener relación con mi realidad: yo iba a quedar libre de la reserva en un mes. Había sobrevivido a la espera.

Llamada al Servicio

Cuando me llamaron en octubre de 1990, me quedé alucinada y me sentí muy frustrada por ver que no llegaba el fin. El presidente George H. W. Bush había firmado una orden para “Detener la Pérdida de Personal”, lo que significaba que no se iba a eximir del servicio a nadie, no habría desgaste, ni pérdida, y así de claro lo tenían ya en el inicio, desde agosto 1990 (aunque Estados Unidos no invadiría Irak hasta enero de 1991). Francamente, mis deseos de vida, mis preocupaciones, dudas y confusión sobre mi experiencia militar y el escenario político mundial no le interesaban al Ejército; mis ambigüedades morales sobre el significado de la guerra le eran indiferentes. Yo sólo era una persona que formaba parte de una operación muy grande; el tiempo de “dejarlo” o de que “me echaran” por no dar la talla había pasado.

Cuando alertaron a mi unidad, me preparé. Sentí que no tenía elección. Pero poco después, leí sobre dos objetores de conciencia, Jeff Paterson y Erik Larsen. Los dos eran Marines, se habían negado a ir a la guerra, y sus palabras me resonaban en la cabeza, “A mí me pasa eso”, aunque no sabía aún cómo expresar qué era “eso”. Paterson se había plantado, sentándose en la pista de aterrizaje de Kaneohe, en Hawaii. En las fotos aparecía como un buda flaquillo en atuendo militar, inmóvil. Los escritos y discursos de Larsen eran una lista de puntos concretos que explicaban su oposición a la guerra y a la violencia por motivos religiosos y políticos. Los dos hombres demostraban su valor al negarse sencillamente sentándose en silencio, o declarando “Ya no soy un Marine”. Sentí que yo, también, podía dejarlo.

Decidí que cambiaría mis planes. En lugar de presentarme al servicio, lista para embarcar a Kuwait, me presentaría para entregarme y negarme a cumplir. Recibí bastantes malos consejos de personas bienintencionadas en aquella época: que me quedara embarazada, que me declarara homosexual (en la época pre-Clinton, “no preguntes, no cuentes”, esto era motivo de expulsión), ideas que me eran inasumibles si decidía aceptar la responsabilidad de lo que sentía y pensaba. Tenía el ejemplo de Paterson y Larsen, por lo que quería declararme resistente a la guerra y asumir las consecuencias. No sabía qué consecuencias serían ésas, pero pensé que, en cualquier caso, serían mejor que ir a la guerra o mentir sobre mis motivos. En algún momento tomé una decisión simple: prefería ir a la cárcel que ir a la guerra del Golfo. No sabía cuánto tiempo iría a la cárcel, o dónde me enviarían, pero parecía sencillo: la guerra no era una opción. De todas las cosas que una persona puede hacer y reprocharse haber hecho más tarde, no hay manera de des-hacer el haber perpetrado actos de violencia y quizá asesinado a otro ser humano.

Declaración Pública

Me puse en contacto con un grupo del que había leído, Citizen Soldier, donde me animaron a que hiciera una declaración pública sobre mi situación y solicitara el estatus de objetora de conciencia, en lugar de presentarme al cuartel para entregarme preventivamente. No estaba bien preparada para todo lo que esto significaba, pero la publicidad de mi caso influiría en los acontecimientos. Tod Ensign, de Citizen Soldier, es un competente abogado que se había ocupado de soldados y veteranos y que tenía una larga experiencia a la hora de trabajar con los medios de comunicación. Él y otro abogado, Louis Font, objetor de conciencia a la guerra de Vietnam, adoptaron mi caso. Hablé públicamente en diferentes actos y me entrevistaron en la televisión. Se me daba muy mal ser mi propia abogada, tenía poco conocimiento de cómo lidiar con los medios de comunicación. Luego estaba la cuestión del cómo había desertado (estar Ausente Sin Permiso): si hubiera pretendido solicitar el estatus de objetora después de eso, habría sido controvertido. El procedimiento para que te declaren objetora de conciencia no era nada fácil. Tienes que hacer la solicitud, someterte a evaluaciones por expertos que determinarán la sinceridad de tu convicción y, mientras esperas a la resolución del caso, tienes que participar plenamente en tu unidad. Y como me habían llamado a servicio y me había negado a presentarme en mi unidad de inmediato, esto socavaba cualquier consideración de que yo pudiera ser una objetora de conciencia. Por eso me considero más bien una resistente a la guerra.

Mi caso en la arena pública fue tanto una bendición como una maldición. En lo positivo, como acaparé tanta atención del público justo en los inicios de la construcción de esta guerra, creo que el Ejército lo que quería era que me callara cuanto antes y librarse de mí rápido, para así evitar repercusiones en la moral de los soldados. Desde el punto de vista de las relaciones públicas, una persona contra una organización muy grande con mucha credibilidad es una batalla fácil: me tratarían como una aberración, no representativa del Ejército ni de sus soldados, un caso único, un error. (Por esto me pusieron pronto en libertad.)

Mi resistencia enfureció a aquellas personas que no me apoyaban, pero también me ganó el apoyo y la confianza de un pequeño grupo de simpatizantes. Yo estaba muy confundida y asustada con la reacción que había tenido gente a la que yo no conocía. Me producía desasosiego que una decisión mía personal, por la que estaba sufriendo unas consecuencias, fuera debatida públicamente. Me dejó atónita que mi negativa a ir a la guerra pudiera ser algo importante para nadie. Las compañeras y compañeros de mi unidad que me conocían no se sorprendieron, y tampoco mis amistades de la universidad. Pero aún vivía en mi barrio de siempre, y la indignación de que yo hubiera disentido en el seno de una comunidad tradicional puso fin a mi vida allí. Recibí amenazas por teléfono y por correo, y tampoco me sentía segura como “fugitiva” del Ejército.

Detenida y Despedida del Ejército

Me detuvieron en octubre, un viernes por la tarde en casa. La policía vino a mi casa para notificármelo y me llevó a la cárcel del condado. Poco después, me recogió una unidad de la policía militar en la base aérea de Scott, que me retuvo aquel fin de semana. A continuación, me transfirieron a unas instalaciones carcelarias para el personal de Fort Knox, en Kentucky, donde tenía que esperar a que se emitieran los cargos. El sitio no era una cárcel en realidad, sino un barracón para gente que estaba a la espera de ser expulsada, para las “manzanas podridas” que se habían desviado del Código Uniforme de la Justicia Militar. Ésta sería mi última experiencia en el Ejército. Se parecía a mis primeros entrenamientos: no sabía qué me iba a pasar, estaba aislada de todo lo que conocía. Después de un par de semanas, me ofrecieron una separación administrativa del Ejército por “condiciones otras que honorables”. Me degradaron el rango a E-1, con lo que perdía el derecho a recibir la ayuda de las y los veteranos, no me enterrarían con la bandera y tenía prohibido volverme a alistar. Todo esto me pareció bien. Estaba contenta de poner fin ya a esta relación. Tuve mucha suerte. Mientras mi unidad se estaba instalando en Kuwait, yo ya había dejado de ser parte del Ejército.

Ya antes de que empezara la guerra en enero de 1991, mi vida era completamente diferente. No pude retomarla donde la había dejado. Encontré trabajo en un pequeño negocio de mi barrio, pero tuve que dejarlo cuando el jefe me explicó que la gente de la comunidad le había dicho que se dejarían de ir a su negocio si yo continuaba allí. A consecuencia del tema de las amenazas telefónicas y por carta, cuando alguien me miraba “raro” me sentía paranoica. La gente del barrio que creí que era amiga mía, ya no era tan amiga; incluso familiares más lejanos ya no sabían cómo relacionarse conmigo. Así que fue una suerte que recibiera la beca Jim Bristol, del programa Juventud y Militarismo [de búsqueda de alternativas al servicio militar] del American Friends Service Committee [el AFSC, o Sociedad de Amigos estadounidense, es un grupo cuáquero, que recibió el premio Nobel de la Paz en 1947 por su trabajo de oposición a la guerra], de Philadelphia. Harold Jordan, el director del programa, me había apoyado cuando empezó todo, y me ofreció una oportunidad concreta de usar mi experiencia en trabajo constructivo. Desde allí conocí a gente que me apoyaba, objetoras y objetores de conciencia y resistentes a la guerra de épocas anteriores. Un grupo especialmente activo que nos arropó a otras personas y a mí bajo en esta época fue el de Veteranos por la Paz, allí empezó mi amistad con Nancy Clarke, una miembra muy activa del grupo que había en Boston.

Una comunidad de resistentes a la guerra

Quienes hemos rechazado la participación en la guerra convirtiéndonos en resistentes a la guerra llegamos a la misma decisión pero por circunstancias tan diversas que no hay dos historias iguales. Las consecuencias de nuestras experiencias, no obstante, son universales: saber que de alguna manera somos diferentes, alienígenas; sentir el aislamiento que se siente al principio; el ostracismo al que nos someten nuestros iguales, la gente extraña e incluso las personas queridas por haber expresado nuestra diferencia. El sentimiento se da antes de iniciar el papeleo solicitando el estatus de objetora, o antes de decidir desertar. Convertirse en una resistente a la guerra o en una objetora de conciencia no es una decisión que se tome de repente; es el punto álgido que se da tras la acumulación de experiencias, e incluso aunque nos presionen para que expliquemos qué nos pasa, a unas personas nos cuesta, otras son elocuentes, pero todas compartimos la claridad de la negativa rotunda.

Lo único que puedo decirle a los y las resistentes a la guerra y objetoras de conciencia es esto: es normal tener miedo por las consecuencias que pueda tener la acción. Vivimos en un mundo que da mucho miedo. No todo el mundo va a comprender tus razones o a apoyarte. Algunas personas te amenazarán y es posible que vayas a la cárcel. Pero otra gente sí que te va a apoyar. Existe toda una comunidad de gente que cree que lo que haces es lo correcto. No pasa nada si no puedes explicar bien por qué sientes que participar en la guerra está mal. No tienes que resolver los conflictos o proponer una solución diplomática al problema por creer que la guerra no está mal. No tienes que tener todas las respuestas. Al margen de qué ocurra, sé fiel a lo que te dice tu corazón: confía en tu decisión, has hecho lo correcto.

Notas

[1] Cynthia Enloe: Making Feminist sense of international politics. Bananas, beaches and bases (Entendiendo la política internacional desde el feminismo. Bananas, playas y bases). London, Sydney, Wellington, Pandora 1989

Publicado en Objetoras de conciencia. Antología

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