La objeción de conciencia de las mujeres como estrategia contra el militarismo: conclusiones de las editoras

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Por Ellen Elster y Majken Jul Sørensen, Internacional de Resistentes a la Guerra

En este capítulo final analizaremos los diferentes temas suscitados por los textos incluidos en la presente antología. En la introducción mencionamos que la objeción de conciencia tiene una interpretación más amplia y otra más restringida, y desearíamos explorar ahora estas ideas. Hemos visto que la mayoría de las mujeres que han decidido declararse objetoras de conciencia trabajan en el movimiento de objeción de conciencia mixto. Se nos ocurren dos razones que expliquen por qué se declaran objetoras: una es para visibilizar los análisis de las mujeres de lo que es el militarismo en el contexto de una organización dominada por los hombres; la otra es para convertir la objeción de conciencia en una estrategia contra el militarismo, estrategia coherente con las empleadas a menudo en los grupos de mujeres [1]. Dentro de ambos tipos de organización, mixtas y de mujeres, ellas señalan que feminismo y militarismo son mutuamente excluyentes. El tema incluye, no obstante, el debate sobre la conscripción de las mujeres, que surge cada vez que se aborda su emancipación en la sociedad.

Finalmente, contemplamos el futuro. Lo que nos llama la atención es cómo rompen las mujeres con el papel tradicional de cuidadoras dentro del movimiento de objeción de conciencia mixto, y cómo evolucionan a una crítica feminista clara y radical del militarismo. Dicha crítica podría allanarle el camino a los objetores de conciencia, pues la podrían utilizar para aprender a incluir el enfoque de género en su crítica al militarismo, algo que suele no ocurrir en el antimilitarismo de los hombres.

Enfoques de Objeción de Conciencia

En la introducción mencionamos brevemente que existen dos enfoques sobre la objeción de conciencia, uno más amplio y otro más restringido. Según el restringido, la objeción de conciencia es la negativa a participar en entrenamientos o servicios militares obligatorios. El más amplio va mucho más allá: tanto hombres como mujeres rechazan el militarismo y su influencia en la sociedad y todos los aspectos del sistema militar, negándose a participar en ningún tipo de actividad que pueda ser asociada con el sistema militar. En algunos lugares, personas que son objetoras de conciencia en el sentido restringido se ven obligadas a hacer en su lugar un servicio “civil” o no armado alternativo; quienes se niegan también a esto son llamadas “insumisas”.

Como hemos visto de las historias contadas aquí, la noción más amplia de la objeción de conciencia no es un fenómeno reciente. Lo ilustran los artículos de Suecia y Gran Bretaña. Es esta definición más amplia la que ha venido siendo apoyada desde hace muchos años en la Internacional de Resistentes a la Guerra (WRI-IRG). La cuestión es dónde trazamos la línea: ¿se podría decir que todos los trabajos por la paz equivalgan a ser objetora u objetor de conciencia? No lo creemos, porque si así fuera la objeción de conciencia sería algo demasiado amplio y abierto como para tener un significado.

Lo que sí queda claro de los textos de este libro es que las mujeres que se declaran objetoras de conciencia en este sentido amplio que comentamos hacen dos cosas simultáneas: en primer lugar, se posicionan individualmente, como persona que dice “soy objetora”; al tiempo objetan al militarismo y a la militarización de la sociedad en su conjunto, no sólo a cierto tipo de servicio que les afecta personalmente. Es una paradoja interesante que las feministas que subrayan la importancia de la responsabilidad colectiva para el mundo elijan un acto individual como método de lucha. La objeción de conciencia es algo que se originó en el pensamiento “occidental” y se encuentra vinculada al mismo grupo de ideas que los derechos humanos, que también hacen énfasis en la importancia de cada persona. Claramente, las mujeres construyen un puente entre lo individual y el grupo cuando animan a otras mujeres (y hombres) a hacer algo parecido, convirtiendo una negativa personal en una condición para la resistencia colectiva al militarismo. Queda aquí un tema por resolver: cómo distinguir las actividades de objeción de conciencia de las mujeres de las otras actividades que desarrollan en el movimiento. Una consecuencia natural de posicionarse personalmente contra todos los aspectos del militarismo es implicarse en más trabajos por la paz que cuestionan el militarismo. Como es natural, las mujeres que cuentan aquí sus historias no establecen una distinción entre su “objeción de conciencia” y sus “otros trabajos”, porque ven que la primera se encuentra íntimamente conectada a lo demás.
Coexisten, así, la comprensión más restringida y la más amplia de lo que es rechazar los ejércitos. Sí podemos constatar que el proceso no ha sido ir de lo más restringido a lo más amplio, en el caso, por ejemplo, de las activistas suecas, que adoptaron una postura más radical antes en el tiempo. Consideramos que el enfoque más amplio de la objeción de conciencia está presente en muchas de las historias aquí recogidas, sea implícita o explícitamente. Quedó claro en el caso sueco de Barbro Alving y en el caso de las absolutistas británicas durante la Segunda Guerra Mundial, quienes utilizaron el término absolutistas también para negarse a realizar trabajos alternativos, no sólo la conscripción al ejército, sino también otros trabajos en el sector militar-industrial así como el servicio civil sustitutorio. Y dijeron que lo hacían porque eso dejaría libres a los hombres para poder ingresar en el ejército. La misma situación se dio con las mujeres estadounidenses, aunque a ellas no las reclutaban. Apoyando a los objetores y ayudándoles en temas prácticos, estas mujeres consideraron que estaban luchando contra el militarismo. Las historias que escuchamos sobre la Segunda Guerra Mundial, tanto de Gran Bretaña como de Estados Unidos, son normalmente de mujeres que ya tenían ideas pacifistas y antimilitaristas, y que ya habían participado en trabajos antimilitaristas antes de la guerra. En la actualidad, en muchos países que participan en alguna guerra pero que no tienen conscripción, vamos encontrando un número creciente de mujeres que desarrollan una actitud antimilitarista estando en el propio ejército, lo que nos lleva a pensar que es probable que algo así sucediera durante la Segunda Guerra Mundial... sólo que entonces no tuvieron la oportunidad de contar su historia.

Para el caso de Israel y de Eritrea, los dos únicos países que reclutan a las mujeres, cuando éstas se niegan a servir en el ejército se convierten en objetoras de conciencia en el sentido más restringido.

Se puede decir lo mismo de las mujeres estadounidenses que ingresan en el ejército “voluntariamente”. Abandonar el ejército antes de que termine el periodo del contrato por razones de conciencia es extremadamente difícil, pero sí existe la posibilidad de solicitar el estatus de objetora y pasar a ser una objetora en este sentido más restringido. Éste es el canal legal para ser objetora. Sin embargo, en la presenta antología hemos recogido el caso de Stephanie Atkinson, que desertó (AWOL, ausentarse sin permiso) y pagó el precio legal de la deserción. Su texto ilustra bien cómo se puede diferenciar los dos sentidos de la objeción, así como lo difícil que de hecho es hacerlo. Esto se debe a que ella usa el término ‘objeción’ tal y como lo usa el ejército estadounidense, que le otorga este estatus a un número limitado de personas que quieren dejar el ejército por razones de conciencia. Con todo, tanto Stephanie Atkinson como Diedra Cobb son ejemplos de lo que llamamos objetoras de conciencia en el sentido amplio de la palabra.

En muchos países europeos, con o sin conscripción, las mujeres pueden ingresar en el ejército “voluntariamente”, lo que también significa que en Europa podrían darse casos de objetoras de conciencia en el sentido más restringido de la palabra. En Finlandia sabemos de algunos: las mujeres pueden ingresar voluntariamente, pero después de un periodo de prueba de 45 días es obligatorio cumplir con el servicio hasta el final. Algunas mujeres han solicitado el estatus de objetora pasado este periodo de prueba, y han tenido que realizar el resto del servicio en un servicio civil sustitutorio, como establece la ley para los hombres también. Sin embargo, en el 2009, una mujer que desea permanecer en el anonimato pasó a ser insumisa al negarse también a realizar el servicio civil sustitutorio porque consideró que el servicio “civil” era una prolongación del militar. Probablemente será condenada a dos semanas de cárcel [2].

Así pues, incluso las mujeres que son objetoras en el sentido más restringido de la palabra pueden considerarse objetoras en el sentido más amplio cuando su objeción es al militarismo en su conjunto, y no sólo a su papel en él. Idan Halili de Israel es un claro ejemplo de este tipo de objecion. En nuestra opinión, las objetoras que lo son en el sentido más amplio de la palabra se habrían declarado insumisas si hubieran tenido que enfrentarse a un “servicio alternativo”.

Un enfrentamiento feminista con el militarismo

Muchos de los textos de esta antología defienden el enfoque más amplio de la objeción de conciencia porque consideran que el militarismo no es compatible con los valores feministas y que es contrario, además, a los intereses de las mujeres en la sociedad. No todas emplean la palabra “feminista” o “feminismo”, pero claramente usan su identidad como mujeres en sus argumentos contra el militarismo. Barbro Alving ilustra este caso. Para el de las objetoras en Israel, hemos visto cómo se evoluciona de las razones religiosas, a las de conciencia, posteriormente a las políticas y hoy a las que incluyen un posicionamiento feminista, como ilustran los textos de Shani Werner y Idan Halili.

Idan Halili fue la primera mujer israelí que se negó abiertamente por motivos feministas, lo que la llevó a la cárcel. Argumentó que el enfoque feminista no es compatible con medios violentos de resolución de los problemas; que el sistema militar hace daño a las mujeres tanto dentro del ejército como en el marco más amplio de la sociedad; que el alistamiento significa aceptar ser parte de un sistema basado en relaciones de poder y control que sistemáticamente, perpetúa la exclusion de las mujeres de la esfera pública y construye su lugar en la sociedad como secundario al de los hombres. Rechazó servir “igual que un hombre”, puesto que ella no busca una igualdad que refuerce los privilegios de los que disfrutan los hombres: Idan Halili no desea participar en una organización que es fundamentalmente y por definición no igualitaria, y que se encuentra en total oposición a sus principios ideológicos y a su conciencia. Como feminista, Idan Halili declara que su obligación es construir alternativas civiles al ejército a través de las cuales ella y otras feministas puedan hacer su aportación a la sociedad, y esto incluye, sin duda, luchar por reducir la influencia del ejército.

Aunque Idan Halili y las otras mujeres de Israel se encuentran en una situación excepcional puesto que son reclutadas, pensamos que sus palabras recogen lo que les ha pasado a muchas otras mujeres cuyos escritos presentamos aquí. Aun procediendo de contextos y situaciones muy diferentes, todas encuentran una conexión entre la cultura militar y la actual estructura de poder jerárquico y el patriarcado. Se posicionan contra el militarismo entendiéndolo de manera amplia, y señalan el daño que éste le hace a las mujeres y a la sociedad en su conjunto. Lo hemos visto en la declaración de 1980 donde las mujeres se declararon insumisas manifestando que su emancipación no tenía nada que ver con el militarismo. En 1991 las francesas subrayaron la dominación masculina que se da en el ejército, la institución que reproduce el modelo patriarcal imperante en la sociedad. Hemos leído de Ferda Ülker, Turquía, cómo a las mujeres se las considera tradicionalmente en función de su relación con el ejército, como madres, hermanas, esposas y novias de los chicos que serán soldados. Hilal Demir ha añadido a esto el problema del riesgo de la “masculinización” del movimiento de objeción de conciencia mixto, si se ignora la perspectiva feminista, pues el contexto turco es el de una sociedad altamente militarizada donde las mujeres están claramente marginadas. Así ocurre también en Corea.

En Latinoamérica, las mujeres de Paraguay y Colombia describen sus sociedades y las razones por las que se han hecho objetoras de manera parecida, pues ellas también ven que son las fuerzas armadas las que promueven la cultura de violencia que impera en su sociedad a través del militarismo, el patriarcado, el machismo, la sumisión y la guerra abierta. El ejército sostiene además las estructuras de la injusticia, el abuso de los derechos humanos y la explotación de los recursos que generan pobreza para la mayoría de la población. Las mujeres del movimiento de objeción de conciencia colombiano proponen alternativas a la guerra desde un enfoque amplio, al comprender la complejidad de la realidad colombiana. Andrea Ochoa mantiene que son las mujeres las que tienen mayor poder de convocatoria para las acciones públicas.

Dado que la crítica feminista del militarismo conlleva un enfrentamiento con el patriarcado y sus efectos, es lógico que las objetoras e insumisas feministas susciten también la crítica al concepto “heroísmo”. Es común que en el movimiento de objeción de conciencia se considere héroes o heroínas a los hombres o mujeres que son condenados a penas de cárcel por negarse a hacer el servicio militar. Idan Halili plantea lo problemático de esta visión, pues la considera una prolongación del esquema militarista que convierte en héroes a los hombres que hacen “sacrificios”: en este otro ámbito, se traslada a los objetores de conciencia que renuncian a (“sacrifican”) su libertad personal por sus ideas. Ella se niega a ser considerada una heroína por su lucha. Después de haber cumplido una condena carcelaria, se da cuenta de que no va a renunciar a sus principios aceptando su marcha del ejército en términos militares en lugar de los suyos propios, que son principios feministas que incluyen negarse a ser una heroína. Ferda Ülker también reflexiona sobre la tendencia a comparar los riesgos que corren objetores y objetoras: como los hombres pueden ir a la cárcel es más fácil que pasen a ser los héroes del movimiento. Considera que al hacer estas comparaciones y participar en este “juego de héroes”, las mujeres colaboran con la causa del militarismo. Hilal Demir manifiesta que la negativa de los hombres y su posterior encumbramiento a “héroes” pudiera resultar en que el movimiento creciera con más rapidez pero opina que es preciso diseñar estrategias que eviten este fenómeno, pues el heroísmo es un concepto militarista y masculino que debe ser cuestionado.

Diedra Cobb plantea un problema relacionado con éste. Aunque no cumplió tiempo en la cárcel, sintió que los grupos activistas que la ayudaron a salir del ejército no tenían interés en su persona y que la trataban como un caso a utilizar para promocionar los intereses de sus grupos. No analiza esta cuestión en el marco del feminismo, pero creemos que es otro ejemplo de cómo la deshumanización militarista tiene repercusión en el movimiento por la paz.

Las historias de estas mujeres aportan un enfoque más amplio de la noción de la objeción de conciencia, se vea ésta en conexión con negarse a realizar el servicio militar o con que las mujeres se declaren objetoras fuera del marco legal. Y todas aportan una dimensión feminista al concepto. Todas señalan el ejército como una institución opresiva en su estructura y valores, que se impone en la sociedad en su conjunto, y cómo la masculinidad es una parte integral de esto. Consecuentemente, casi todas estas mujeres apoyan a los objetores de conciencia, como hemos visto en los ejemplos de Turquía y Corea. Una excepción por analizar es el caso de Alemania, donde muchas de las personas que se oponían al ingreso de las mujeres en el ejército en los años setenta y ochenta no cuestionaron la conscripción para los hombres, y por tanto, el sistema militar en su conjunto.

¿Por qué hacerse objetora de conciencia si no tienes que hacer el servicio militar?

La cuestión de por qué las mujeres se declaran objetoras cuando no tienen que hacer el servicio militar es central en este libro. Para comprenderlo, es preciso tener en cuenta las organizaciones de mujeres y su lucha por enfrentar el militarismo, y también el análisis que realizan sobre la sociedad donde viven, porque su reacción a lo que ocurre en las organizaciones queda influido por lo que pasa en el contexto más amplio de la sociedad, y viceversa.

Según los datos, las mujeres que se declaran objetoras suelen pertenecer a grupos mixtos, no a grupos de mujeres. Existen varios grupos y redes de mujeres claramente feministas, como Mujeres de Negro, Ruta Pacífica (Colombia) y la Liga Internacional de las Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF, en inglés). Como han elegido otras maneras de expresar su resistencia al militarismo, no podíamos incluirlas en esta antología.

Desde los años setenta especialmente, las mujeres de los grupos mixtos han tenido que crear su propio espacio como mujeres dentro de sus grupos, espacio concebido desde su análisis del militarismo y de sus experiencias como mujeres. Declararse objetoras fue una de las respuestas a esta situación. El debate sobre ser mujer en movimiento por la paz mixto, dominado por los hombres, empezó con el movimiento de liberación de las mujeres de los setenta y ochenta. Muchos grupos por la paz se centraban en el trabajo de los objetores e insumisos, y la IRG incorporó este debate. Las mujeres se negaron a ser “las encargadas de servir el café” o “quienes cuidaran el fuego del hogar” mientras los hombres estaban en la cárcel por objeción de conciencia. Tenían un papel propio en el movimiento. En 1980, las mujeres de la IRG se declararon insumisas: participan en las reuniones internacionales de la IRG, donde insistían en que el trabajo y la resistencia de las mujeres a las guerras no consistía sólo en ayudar a los objetores. Muchas mujeres han experimentado invisibilidad porque el contexto es de una mayoría de hombres. Su necesidad de un espacio propio donde puedan generar temas desde los enfoques de las mujeres no ha sido respetada en la mayoría de los casos. Aquí hemos visto que el análisis feminista demuestra que la guerra y el militarismo nos afectan a las mujeres de muy diversas maneras, y que éstas no suelen ser las mismas a cómo les afectan a los hombres. La objeción de conciencia en sentido legal afecta mayoritariamente a los hombres, pero repercute en las mujeres no reclutadas también debido a cómo el patriarcado fundamenta el militarismo.

En países donde se recluta a las mujeres, ellas enfrentan problemas similares en sus propios movimientos a los de las mujeres que no van a ser reclutadas. Shani Werner, de Israel, señala que, en su experiencia, los objetores son encarcelados mientras que las mujeres quedan exentas de hacer el servicio militar. Piensa que así se militariza la resistencia a la leva, porque la objeción de las mujeres queda reducida a un tema individual, queda silenciada, o bien (tal y como ella lo llama) convertida en “una resistencia a servir el café”. En Turquía, los hombres intentan explicar la presencia de las mujeres en el movimiento de objeción de conciencia sólo por su relación con o de apoyo a objetores concretos. Las objetoras rechazan esta visión, que consideran clásica entre los hombres. Aunque obviamente apoyan la negativa de los hombres a hacer el servicio militar, principalmente están ahí para visibilizar el militarismo y para mostrar cómo éste penetra en todos los sectores de la vida social y de las relaciones sociales. Un argumento contra que las mujeres se declaren objetoras es que, al hacerlo, están aceptando implícitamente la lógica de la conscripción y del sistema militar. ¿Es posible rechazar el sistema adoptando su manera de concebir el mundo? ¿Por qué no se llaman las mujeres a sí mismas ‘resistentes a la guerra’ o ‘antimilitaristas’ en lugar de ‘objetoras’? Se podría hacer fácilmente con una campaña de cartas o en declaraciones públicas... ¿Por qué adoptan un término que es parte del sistema militar? Stephanie Atkinson apoya implícitamente esta crítica cuando dice que ella prefiere identificarse como una desertora orgullosa en lugar de como una objetora. Hilal, sin embargo, lo explica.

Hilal Demir señala que es común que se piense que el término ‘objeción’ ha sido inventado por situaciones legales creadas para el servicio militar obligatorio. Se sigue de allí que, si las mujeres no tienen que hacer el servicio militar, no pueden objetar. Sin embargo, ella cree necesario que exista una distinción entre el marco legal y una comprensión más amplia de la objeción de conciencia. Como explica, las mujeres cambian el significado de los términos al impactar en sus evoluciones. Con todo, se plantea la pregunta de si la plataforma de la objeción de conciencia es el lugar adecuado. Piensa que las declaraciones públicas de las 12 objetoras turcas contribuyeron al desarrollo de mayor sensibilidad en el movimiento y generaron debate en torno al concepto de objeción; que existe una necesidad no sólo de visibilizar a las mujeres en los movimientos mixtos, sino también de concienciarlas a ellas, además de a los hombres, pues todo el mundo debería entender que las mujeres tienen sus propias razones para estar en el movimiento, y que tan necesario como tener en cuenta lo que piensan los hombres es tener en cuenta lo que piensan las mujeres.

En contraste con el caso de Turquía, en Paraguay las objetoras no encuentran oposición dentro del movimiento, según nos cuenta María Elena Meza Barboza. En alguna época de su historia, hubo más mujeres que hombres, lo que les dio legitimidad. Las mujeres tienen la misma voz, y utilizan el consenso como forma de toma de decisiones. Sin embargo, sí enfrentan reacciones adversas del exterior: críticas que apuntan a la incapacidad de la gente para entender cómo el militarismo afecta gravemente a las mujeres.

Como hemos visto, las reacciones dentro en las organizaciones y grupos donde participan las mujeres varían considerablemente. Sin embargo, las dinámicas internas sólo explican en parte por qué las mujeres deciden declararse objetoras de conciencia. Principalmente se trata de una estrategia de acción dirigida al conjunto de la sociedad, lo que suscita la cuestión de si el territorio de la objeción es, para las mujeres que desean enfrentarse al militarismo, una buena estrategia. ¿Sería un método eficaz para llegar a población y explicar qué es el antimilitarismo? ¿O corren el riesgo de que no puedan comprender sus análisis? Que las mujeres aborden un nuevo tipo de acción, que no es parte de las tradicionales del pacifismo, ¿podría implicar que se reduzcan las posibilidades de poder comunicarse dentro del propio movimiento?

Los textos aquí recogidos han presentado más argumentos a favor de las declaraciones públicas de objetoras que en contra, obviamente. Las mujeres turcas sostienen que los temas que suscita la objeción de conciencia de las mujeres han creado, de hecho, la posibilidad de que se dé un diálogo sobre el antimilitarismo. Al menos, la población ha formulado preguntas, aunque no comprendieran bien las respuestas. Las coreanas también manifiestan que el público en general sigue sin comprender por qué las mujeres se implican en temas del ejército. Ellas no se están declarando objetoras, pero han elegido una estrategia conjunta con los hombres, basada en mostrar el sufrimiento no sólo del objetor de conciencia sino también de la red de personas que lo rodean, lo que incluye a las mujeres. Es una forma de romper el silencio que impide que se oigan las voces de las mujeres en este tema, explica Jung-min Choi.

El sociólogo noruego Thomas Mathiesen [3] ha analizado la cuestión de cómo pueden los movimientos sociales tener repercusión en la sociedad. Una de sus averiguaciones es que las organizaciones que consiguen que su voz sea escuchada y comprendida son las que buscan el equilibrio entre, por un lado, no ser succionadas por la mentalidad imperante, desnaturalizando así su lucha, y por otro, evitar ser consideradas entes “marginales” a los que no es necesario prestar atención. Aplicando esta idea al caso de la existencia de objetoras allí donde no existe la conscripción, lo que pudiera funcionar dependerá en gran medida de las circunstancias y de la habilidad de las mujeres para comunicarse con el resto de la sociedad.

Algo que se hace evidente cuando consideramos el conjunto de las historias aquí recogidas es lo importante que es entender la objeción de conciencia de las mujeres como reacción a lo que está ocurriendo a su alrededor. La objeción no se da en un vacío: siempre es una reacción a circunstancias externas, y a lo que es su contexto. Como ya se ha analizado, las mujeres están respondiendo al militarismo, y a menudo también, al tiempo, a la dinámica interna de sus propias organizaciones. Dicho eso, existen también otros contextos que debemos tener en cuenta. Uno es el movimiento por la paz en su conjunto en el país en cuestión. Según lo entendemos, las personas implicadas en la objeción no se oponen sólo al militarismo en sí; a menudo, son críticas también con la manera en que la mayoría concibe y lleva a cabo el “trabajo por la paz”, pues no lo consideran lo suficientemente personal y radical. Un segundo contexto en el que deben ubicarse es en el movimiento feminista, y en cómo perciben el militarismo las personas que se consideran feministas. Que existen diferentes concepciones sobre esto queda claro en la narración de la futura pilota de caza Alice Miller, de Israel. El tercer contexto es la sociedad, y cómo esa sociedad concibe el militarismo. Algunas mujeres viven en países donde el militarismo es muy visible ya que opera en muchas áreas del día a día, mientras que otras mujeres viven allí donde le militarismo es mucho menos evidente. Cómo se evalúe la eficacia de la objeción de las mujeres tendrá necesariamente que incluir la evaluación de su estatus en estos tres contextos, así como de su impacto en sus propias organizaciones.

¿Por qué la conscripción de las mujeres es incompatible con el feminismo radical?

Los valores militares son contrarios al feminismo y a los valores que las mujeres que aquí escriben esperan ver en su sociedad. Las historias de Estados Unidos y Eritrea muestran cómo afecta la vida en el ejército a las militares. Estas mujeres hablan de violación en un contexto donde no se respeta la diversidad ni la vida. También las mujeres que nunca han estado en el ejército aportan argumentos sobre por qué el ejército no es compatible con el feminismo radical. Sus historias sobre por qué decidieron declararse objetoras de conciencia son en sí argumentos contra la conscripción de las mujeres.

Las objetoras israelíes plantean esta cuestión cuando mencionan a Alice Miller, que fue una de las primeras en exigir los mismos derechos para las mujeres dentro del ejército cuando vio que la prohibían ser pilota de combate. Se argumentaba que el acceso a los puestos de combate más importantes, a menudo una condición previa para poder acceder a puestos más importantes dentro de las fuerzas armadas, le daría a las mujeres acceso a otros puestos de influencia en la sociedad, lo que contribuiría aun más a reducir la opresión de las mujeres. Esta cuestión fue central en Europea a finales de los setenta y durante los años ochenta, concretamente, hasta que terminó la Guerra Fría. Otra Alice, Alice Schwarzer, de Alemania Occidental, se convirtió en un símbolo del debate en Europa entonces, cuando lanzó la idea de que la conscripción de las mujeres era necesaria para que las mujeres pudieran acceder a los puestos de mayor poder, donde sólo había hombres. Alice Schwarzer era la editora de la revista feminista Emma, muy respetada por sus posturas radicales y conocida voz de la emancipación de las mujeres. Por ello, estas declaraciones fueron una desagradable sorpresa para las mujeres antimilitaristas.

La declaración de las mujeres de la IRG, de 1980, las posicionó claramente contra la incorporación de las mujeres a las fuerzas armadas, pues rechazaron la idea de que su emancipación pudiera hacerse adoptando los papeles de los hombres en el patriarcado. Su análisis de la historia constata cómo los ejércitos siempre han aceptado y expulsado a las mujeres según sus necesidades. En la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, se animó a las mujeres británicas a ocupar los puestos de los hombres en la sociedad civil, y se las aceptó incluso en el ejército, para luego, finalizada la guerra, devolverlas a las cocinas. En un artículo de 1981 de Spare Rib [4], titulado “¡No a la igualdad en el Ejército!”, Lesley Merryfinch cuenta que las mujeres pasaron a cubrir las vacantes de los hombres en las fábricas de armas y demás industrias relevantes entonces. Incluso el cuidado de las niñas y los niños se convirtió en parte de los “esfuerzos de la guerra”. Las mujeres que participaron en los ejércitos de liberación, por ejemplo, el eritreo, vivieron experiencias similares. Las historias de Ruta Yosef-Tudla y Bisrat Habte Micael refutan los argumentos de que el servicio militar trae consigo un alto nivel de liberación para las mujeres, a pesar de que las mujeres accedieron a este ejército en nombre de la igualdad. Lesley Merryfinch menciona, asimismo, el caso de Alemania, donde las mujeres eran reclutadas para trabajos de salud en las fuerzas armadas a finales de los años setenta. Esto desató numerosas acciones protesta por parte de las feministas radicales, como manifestaciones y campañas de envío de postales, tal y como se recoge en los textos procedentes de Alemania publicados aquí.

Otras voces dentro del movimiento feminista, tanto de hoy como del pasado, señalan la violación como norma dentro del ejército. En Estados Unidos, las mujeres han denunciado abiertamente casos de violación y acoso provocados por sus compañeros [5]. En la introducción a los casos estadounidenses, Joanne Sheehan ha señalado que aunque muchas mujeres han vivido experiencias traumáticas de agresiones de este tipo, muy pocas están dispuestas a hablar de ello por lo muy doloroso que es. Diedra Cobb sólo menciona que sufrió estos abusos. Como argumenta Idan Halili, si las mujeres quieren abrirse camino en el ejército, tendrán que ajustarse a la norma del soldado de combate, del “combatiente”, y esa norma está poderosamente identificada con el estereotipo de masculinidad imperante.

El debate sobre el ingreso de las mujeres en las fuerzas armadas se sigue dando en algunos países, y las posturas a favor y en contra no han cambiado mucho. Tali Lerner nos ha contado cómo es ese debate en Israel.

Un debate comparable ha sido un tema candente en Noruega en estos últimos cinco o diez años. En Noruega existe el servicio militar obligatorio para los hombres, aunque el número de soldados profesionales está incrementando debido a las misiones de la ONU y de las fuerzas europeas en otras partes del mundo. Al mismo tiempo, se está produciendo un debate sobre si extender el servicio militar obligatorio a las mujeres, no porque les falte personal (de hecho, sólo uno de cada cuatro hombres son reclutados), sino en nombre de la igualdad. Un salto generacional parece influir en las posiciones que hay en este tema. Las mujeres socialistas más jóvenes defienden que es importante para la igualdad que las mujeres hagan el servicio militar obligatorio. Al tiempo, también se declaran antimilitaristas, y dicen “No a la OTAN”. También están en contra de la participación noruega en la guerra de Afganistán. Sus argumentos son los mismos que los de Alice Schwarzer hace 30 años y que los de Alice Miller hoy, aunque con matices, pues Alice Schwarzer se declararía objetora de conciencia (en el sentido restringido del término) y Alice Miller no. La generación más vieja de antilimilitaristas en Noruega rechaza la posibilidad de que el ejército pueda cambiarse desde dentro. Muy al contrario, piensan que la idea de que las mujeres “lo suavicen” es absurda. Aceptar la conscripción para hombres y mujeres significa aceptar el ejército como institución, y el militarismo en general. Más mujeres en el ejército provocaría probablemente que las ideas del militarismo se extendieran en la sociedad. Sin embargo, sí existe una apertura al tema de la conscripción de hombres y mujeres en un marco más amplio de la defensa, el que permitiera un servicio de paz alternativo y formación en defensa noviolenta. [6]

En Noruega, la resolución de la ONU número 1325, “Mujeres, paz y seguridad”, es utilizada para legitimar la necesidad de reclutar a las mujeres al servicio militar activo, y además se presenta la visión de que los hombres y las mujeres se complementan mutuamente. El argumento a favor de que se reclute a las mujeres es que ellas están mejor capacitadas para ocuparse de las mujeres traumatizadas de las zonas de guerra, argumento que ha sido también utilizado por la ex ministra de Defensa, Anne-Grete Strøm-Erichsen. [7]

Berit von der Lippe [8], investigadora noruega del tema Cultura y Lenguaje, abordó el debate considerando los conceptos utilizados para legitimar la participación de las mujeres en el ejército, en especial, en misiones en el extranjero. Recoge palabras como “seguridad humana”, “obligaciones morales”, “trabajando por la paz y la resolución de los conflictos”. El ministerio de Defensa está legitimando que se amplíe el servicio militar obligatorio a las mujeres en nombre de la democracia y los derechos humanos, y según su análisis, esto disfraza lo que está ocurriendo de hecho: guerra y ocupación, temas ubicados en una esfera muy distinta, la de la política de poder que lideran los hombres. Para ella, que se amplíe el servicio militar a las mujeres conseguirá la igualdad de convertirlas también agentes de la agresión que mantienen una actitud post-colonial carente de perspectivas sobre la situación de las mujeres fuera de Occidente.

Esperamos que este debate se pueda dar en más países. Aunque se encuentra conectado al tema de la conscripción de las mujeres en Noruega, los argumentos serán los mismos. Para nosotras, esto también significa que la objeción de las mujeres al militarismo pasará a cobrar mayor importancia que nunca antes. Asimismo, compartimos que el lenguaje empleado por los ejércitos occidentales disfraza lo que en realidad se está diciendo con palabras que hablan de las buenas intenciones de las guerras “humanitarias”, los ejércitos que imponen la paz, las guerras en defensa de la democracia y contra el terrorismo. Pudiera ser que la abierta agresividad y masculinidad del ejército sea más patente fuera de Noruega, pero ya lo recoge Cynthia Cockburn [9]: las guerras humanas tratan de la violencia, y la violencia genera más violencia.

El futuro de la objeción de conciencia de las mujeres

En esta antología, las autoras plantean poderosos argumentos que explican por qué se declaran objetoras de conciencias públicamente. Una de las razones por las que encontramos que su activismo alienta a todo el mundo es porque se posicionan muy claramente en el antimilitarismo: adoptando un término que suele ser interpretado en un sentido muy restringido (el término legal), lo destripan, lo expanden, llenándolo de muchos otros contenidos las mujeres consiguen explicar el problema del militarismo con mucha claridad, vinculándolo estrechamente con el patriarcado, la jerarquía y la violencia. Según lo entendemos nosotras, estas activistas rescatan el concepto para devolverlo a su lugar legítimo, el activismo pacifista. Cynthia Enloe en su prefacio señala cómo las mujeres están investigando abiertamente las operaciones diarias del patriarcado dentro de los movimientos de objeción de conciencia nacional e internacional. Estos movimientos han ayudado a persuadir a muchos hombres que consideran la objeción de conciencia de que es preciso incluir la autocrítica a su propio comportamiento, pues siempre puede reflejar aprendizajes de la masculinidad patriarcal.

La objeción de conciencia implica mucho más que la negativa a hacer el servicio militar. Puede incluir la objeción por razones de conciencia a la guerra y también a la preparación de la guerra. El hecho de que la objeción de conciencia esté legalizada en algunos países no se debe a la buena voluntad del ejército sino a la fuerte presión de objetoras y objetores de conciencia y de personas que les apoyan y que han luchado por la existencia y en defensa de esta opción. Declararse objetora, u objetor, es al tiempo algo muy personal y un compromiso contra el militarismo, que se ve como causa raíz de numerosos problemas en el mundo.

La mayor parte de los casos de mujeres que se declaran objetoras de conciencia parecen darse en sociedades muy militarizadas. ¿Refleja esto que sea “más fácil” ubicarse contra el militarismo cuando éste es más visible que cuando su influencia está más disimulada? ¿O es sólo coincidencia? No lo sabemos pero sospechamos que así pudiera ser. Esperamos que con la publicación de este libro hayamos contribuido a la visibilización de estas activistas, para que así su trabajo sirva de inspiración a mujeres que estén contra el militarismo en sociedades donde éste no sea tan evidente. No obstante, nuestra propuesta no trata sólo de que se imiten las declaraciones aquí incluidas. Lo que proponemos es que las mujeres reflexionen sobre cómo se puede luchar de la manera más eficaz contra el militarismo de su Estado. En muchos lugares donde no existe la conscripción, tendrá bastante sentido considerar este tema en movimientos mixtos. En lugares donde han abolido recientemente la conscripción de los hombres, como en muchos Estados europeos, quizá sea posible aprovechar experiencias y estructuras de anteriores movimientos de objeción de conciencia; quizá haya que construir otras nuevas. Para los casos que consideren los análisis feministas, puede ser mejor inspirarse en grupos y redes del movimiento feminista. En cualquier caso, como el militarismo hace daño a mujeres y a hombres, siempre será buena idea incluir a los hombres en el rechazo a los ejércitos. El tema principal será identificar cómo el militarismo y sus “primos”, el patriarcado y el sexismo, afectan a las relaciones personales de cada mujer y a su posición en su sociedad. La segunda cuestión será buscar a gente que comparta el mismo interés, para trabajar con ella y organizar una estrategia eficaz frente al militarismo desarrollado en el país donde vivan. Una primera acción podría ser la de sacar a la luz las conexiones entre militarismo, patriarcado y sexismo.

Es muy posible que las mujeres que se consideran objetoras de conciencia sigan siendo minoría durante mucho tiempo en el movimiento feminista y pacifista. Queda por ver si esta minoría crecerá. Podría ser útil que las objetoras vean si es posible identificar un espacio común desde el que se puedan acordar corrientes de trabajo, para trascender las diferencias planteadas por las innumerables caras del militarismo al que se enfrentan. De este modo, su presencia escasa numéricamente y dispersa no les hará sentir aislamiento, porque en conjunto podrán ir analizando el militarismo más allá de cada Estado, llegando a reflejar el que impera a nivel mundial. La IRG, con su historia de resistencia radical al militarismo y de apoyo a las objetoras y los objetores de conciencia, tiene la posibilidad de desempeñar un papel importante en el desarrollo de este análisis y en la red de apoyo.

Los textos incluidos en esta antología describen experiencias de mujeres como objetoras de conciencia en los diferentes contextos en que viven cada una de ellas. Las historias son de diferentes lugares del mundo, y se han escrito desde experiencias particulares, privadas, aunque ilustran el mismo tipo de desarrollos y manejan conceptos muy similares. Nos ha sorprendido que ninguna narración haga referencia a otras de estas experiencias. Como señala Cynthia Enloe, cuando las mujeres actúan como un colectivo, a menudo sacan a la luz nuevas curiosidades: nuevas líneas de investigación, de información y conocimiento, de consciencia. Por lo que queremos concluir aquí con la esperanza de que la presente antología pueda inspirar a las mujeres para que se impliquen en el desarrollo de una nueva consciencia colectiva sobre lo que es el militarismo y la guerra.

Notas

[1] Cynthia Cockburn: From where we stand. War, Women’s Activism & Feminist Analysis (Desde donde nos ubicamos: la guerra, las activistas y el análisis feminista). Zed Books 2007.
[2] Helsinki Times 9 diciembre 2009 y CO-update enero 2010, nº 53
[3] Mathiesen, Thomas “Makt og motmakt”, (Poder y contrapoder), Pax forlag, Oslo 1982
[4] Spare Rib, marzo 1981.
[5] Cynthia Enloe: Does Khaki become you? The Militarisation of Women’s Lives (¿Te sienta bien el caqui? La militarización de las vidas de las mujeres), Londres, Pluto Press 1983; Cockburn op.cit.; Helen Benedict, Army Cpt. Jennifer Machmer: “Why Soldiers Rape. Culture of misogyny, illegal occupation, fuel sexual violence in military” (Por qué violan los soldados. Cultura de misoginia, ocupación ilegal, alientan la violación en el ejército) http://www.inthesetimes.com/article/3848/ Descargado el 14 de agosto 2008.
[6] Carta del WILPF-Noruega a Anne-Grete Strøm-Erichsen, ministra de Defensa noruega, 28 mayo 2009.
[7] Fue ministra de Defensa del 2005 al 2009.
[8] Klassekampen, 10 abril 2007
[9] Cynthia Cockburn: From where we stand. War, Women’s Activism & Feminist Analysis. Zed Books 2007.

Publicado en: Objetoras de conciencia. Antología

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