Chipre, la isla de la belleza que se convirtió en polvo

Bandera desmilitarizada de Nicosia

Mi nombre es Erman y nací en 1990 en uno de los lados de esta dividida Chipre. La división de la isla comenzó mucho antes de mi nacimiento, en 1974, pero sus raíces son aún más antiguas. Cuando decimos ‘división’, se puede referir a una de dos cosas: la división en nuestras mentes, o la muralla que divide a esta enorme isla en dos. Nicosia es la última capital dividida de Europa, y tal vez lo sea durante mucho más si no actuamos. Las personas como yo, que crecimos con la esperanza de una solución pacífica, necesitamos unirnos y cambiar el futuro ahora.

Todos quienes hemos crecido aquí lo hicimos con temor al “enemigo”, y ese miedo al “otro” es el mismo a ambos lados. Aprendemos ese miedo en la escuela, en nuestras familias, conversando con los amigos, y en los libros que nos dan a leer. Los profesores nos llevaban a museos en los que aprendimos sobre el odio; no sólo cómo los “otros” nos odian, sino también el por qué nosotros debemos odiarlos a ellos. Vivimos en un territorio ocupado por el ejército turco, el británico, el de la ONU, amén de dos ejércitos locales chipriotas.

La mitad de la isla fue invadida por Turquía, y el único país que reconoce a Chipre del norte como turco cambia de opinión tratándose de eventos internacionales tales como los Juegos Olímpicos, el básquetbol, los vuelos y ciertos encuentros diplomáticos. Estamos rodeados de bases militares, vehículos militares y sistemas militares, y esto aplica hasta al más mínimo pedazo de tierra. Esta isla, que debiese ser una isla de paz, sólo posee armas y bombas; Varosha (un pueblo griego-chipriota ahora bajo el área norteña controlada por Turquía) es un pueblo fantasma en el que aún se pueden ver las huellas de la guerra. Entre 1974 y 2003 era imposible cruzar de un lado a otro como lo hacemos hoy, y nos convencieron de que tras los muros existían “monstruos” esperándonos para matarnos. Si los muros se caían, nuestros supuestos enemigos vendrían a asesinarnos. Pasó el tiempo y crecimos. Entretanto, empezamos a ver la realidad con claridad: nuestra pequeña isla ha sido partida en dos con el único objeto de ser dividida y controlada por los poderosos, y por esta razón, a ambas comunidades se nos ha inculcado que son mutuas enemigas. Ya nadie menciona que los chipriotas han vivido juntos en el pasado. Ahora todos somos turcos o griegos, y ambas comunidades hemos permitido que los fascistas tomen dividan y controlen la isla. La separación entre ambas comunidades ha afectado a toda la población de la isla, cuando podríamos haber vivido todos juntos como chipriotas, maronitas, armenios y latinos hablantes de turco y griego.

Hay muchos pacifistas en cada lado, así como fascistas que se aprovechan de esta división. Este fascismo tiene sus raíces en el patriarcado y el militarismo. Me tomó tiempo llegar a entender esta realidad. Primero, tuve que aceptar que todo ser viviente tiene derecho a vivir en igualdad de condiciones. Luego, empecé a ver la farsa que hablaba del supuesto enemigo al otro lado del muro que vivía odiándonos. No me siento ni turco ni de ninguna otra raza, no creo haber nacido un soldado (hay un dicho que dice que “todo hombre nace soldado” para promover la hombría y el militarismo), ni tampoco deseo demostrar mi hombría.

Me he convertido en un activista de los derechos de los animales, y creo que todo ser viviente merece vivir. Me he convertido en vegano y rechazo la idea de matar animales para comer. Considero incorrecto servir en el ejército y ser entrenado para asesinar a mis amigos en nombre de los poderosos que se benefician de las divisiones que hay en la isla. No puedo ser parte de un sistema que intenta convencerme de que mis amigos son mis enemigos, amigos con quienes comparto mi vida. Como feminista no puedo ser parte de una institución que humilla a mujeres y homosexuales, que está a favor del patriarcado, que es homofóbica, sexista y transfóbica (de todos modos, no apoyaría a una institución así). Se está obligando a las personas a abandonar la isla. Muchas de ellas se deprimen durante su servicio militar y llegan a cometer suicidio. Muchos se están yendo para no convertirse en soldados, y quienes se quedan sufren de violencia y acoso. A cualquiera que quiera ser la voz de estas personas y no quiera hacer nada de estas cosas incorrectas, se le juzga y envía a prisión para ser “tratado”. En la parte norte de la isla, Murat Kanatlı y Haluk Selam Tufanlı han sido encarcelados sólo porque se rehúsan a formar parte del ejército de reserva. Muchas más personas seguramente serán tratadas de igual manera, incluyéndome. Personas que podrían ser muy útiles para construir un mejor futuro están siendo desperdiciadas en los tribunales o en la cárcel. Muchos años e incontables esfuerzos, discusiones y negociaciones entre los “líderes” para resolver el problema en Chipre han sido infructuosos. Todas las negociaciones internacionales e intentos de resolución del conflicto han fallado, trayendo más desilusión y frustración al pueblo de Chipre. Esto demuestra, una vez más, que las acciones de base pueden ser la manera más efectiva de instaurar una solución sostenible en la isla. Por tales razones, muchas iniciativas, tales como Demilitarise Nicosia, Occupy the Buffer Zone, Anti-Militarist Peace Operation –ejemplos de cooperación entre ambas comunidades– intentan construir el Chipre que soñamos, sin la necesidad de poderosos y grandes líderes. Exigimos el derecho de cada persona a vivir en un Chipre en paz, sin la amenaza de la guerra, sin la sombra de las armas.

Como objetor de conciencia, creo que debemos luchar contra todas las estructuras opresivas relacionadas con el nacionalismo, la austeridad, el género y la sexualidad, la destrucción del medio ambiente y nuestros bienes colectivos ambientales y urbanos, y empezar a ser solidarios y participar de los movimientos antimilitaristas en la isla.

“La paz llegará a Chipre cuando todos los ejércitos se hayan ido”

Para mayor información acerca de las acciones que se están realizando en la isla, véase:

Información del autor

Erman Dolmacı, objetor de conciencia y miembro de la Asociación Queer Chipre.

Traducción: César Perez Guarda

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