Sin zona SWAT: Resistir la militarización policial en el gobierno de Trump

Activistas con carteles iluminados con LED de noche. Dicen "Manos arriba, no disparen " en un puente. Fuente: flickr
Activistas con carteles iluminados con LED de noche. Dicen "Manos arriba, no disparen " en un puente. Fuente: flickr

Un voluntario grita de dolor mientras prótesis de calidad de Hollywood están esparcidas en un campo de fútbol lleno de partes de cuerpos y sangre. Un “musulmán” recién despedido de su trabajo regresa a su oficina como una figura con capucha negra, toma a un excompañero de trabajo como rehén y grita que quiere “lastimar a los judíos por lo que le han hecho a él y a su pueblo”; un cubo burbujea con un “arma química” líquida a sus pies; un cartel anuncia: “Somos el 99̵ %” y “No queremos guerra por el petróleo” y aparecen manifestantes por detrás.

Estos tres escenarios meticulosamente practicados son típicos de “ejercicios de entrenamiento” que se muestran en convenciones para equipos SWAT —siglas para el nombre en inglés de Tácticas y Armas Especiales (antes conocido como Equipo de Ataque con Armas Especiales). A menudo están acompañados de vendedores de lo último en armas militares de alta tecnología, dispositivos y equipo. Pistolas Colt, Boeing y Combined Systems, Inc. (CSI) son auspiciadores frecuentes. Vienen acompañados de “shwag”: botones que alientan “dispara en la cara al hijo de perra (por la frase en inglés “face-shoot the mother fucker”), camisetas que dicen “Los rifles negros importan” o “Mantén la calma y devuelve el fuego” impreso debajo de una bandera estadounidense y pulseras gratis con una bandera estadounidense blanca y negra con la “delgada línea azul”, símbolos asociados desde hace tiempo con los lemas “Guerra contra los policías” y “Las vidas azules importan”. A los asistentes, que vienen principalmente de departamentos de policía, les asignan horarios ocupados de fin de semana, desde talleres sobre artes marciales de Krav Maga de las Fuerzas de Defensa Israelí hasta presentaciones sobre el continuo crecimiento de “Yihad en Estados Unidos”.

Estas capacitaciones de SWAT y convenciones de militarización policial ocurren 365 días al año en todo el mundo. En Estados Unidos, donde la industria de amas va de la mano con las autoridades y agencias de respuesta ante emergencias, el gobierno federal es el que paga las cuentas.

Dada la frecuencia y el drama de los entrenamientos de SWAT, se podría pensar que las personas en Estados Unidos viven bajo constante amenaza militar. Pero un análisis de los registros de incursiones de SWAT muestra que la militarización policial se usa con más frecuencia para operativos penales convencionales, redadas de drogas, registros de casas y ejecutar órdenes. A diferencia de los relatos de que los equipos SWAT llevan a cabo vigilancia especializada, los suelen llamar para delitos comunes, cotidianos y utilizan las habilidades hipermilitarizadas y agresivas con las que los capacitan. El asesinato de Aiyana Jones, niña negra de siete años abaleada en una incursión de SWAT en Detroit en 2010 después del lanzamiento de una granada de mano por la ventana, dejó en claro cómo se aplica la mentalidad de guerra a través de muertes de SWAT.

¿Cómo terminamos con este creciente curso de militarización policial? Y más importante, ¿cómo podemos detenerlo?

¿Qué son las capacitaciones SWAT?

En 1967, el inspector Daryl Gates del Departamento Policía de Los Ángeles (LAPD) propuso el concepto de SWAT según su experiencia en los levantamientos negros como los disturbios de Watts. La Guerra contra las Drogas vio índices más altos de fuerza letal cuando el Gobierno transfirió equipo militar a los departamentos de policía —transferencia que fue motivada por el temor del Gobierno de la liberación negra y los movimientos contra la guerra. Después de los ataques el 11 de septiembre, la Ley Patriota de Estados Unidos amplió la vigilancia de las autoridades y el posterior financiamiento federal de equipo militar y tácticas para los departamentos de policía locales. El programa de transferencia de armas militares del Pentágono a los departamentos de policía—conocido como el Programa 1033—ha distribuido más de 5,000 millones de dólares en equipos desde 1990.

Los entrenamientos de SWAT a menudo son un factor importante del aumento de la militarización policial que vemos en barrios de color y protestas en todo el país. El aumento no es sutil: mientras se estima que las incursiones de SWAT se estimaban en ocho por día en 1980, ahora hay aproximadamente 137 incursiones de SWAT por día que se usan para órdenes de registro cotidianas. Su aumento se ve impulsado por el creciente predominio de “entrenamientos SWAT”.

Lo que ocurre en los entrenamientos de SWAT es una visión escalofriante del tipo de vigilancia que el gobierno de Trump está expandiendo e intensificando. Ocurren todo el año, aunque a menudo se concentran en el otoño en Estados Unidos, estos entrenamientos reúnen a personal de agencias locales, estatales, regionales y federales, todo tipo de vendedores de la industria de armas (desde vendedores de pistolas eléctricas a tanques), y también los de respuesta inicial y técnicos de emergencia médica y departamentos de bomberos.

Siempre presentes en las exposiciones están los gigantes de las armas, quienes se benefician de la guerra como Safariland, Combined Systems (CSI), Northrop Grumman, BAE Systems —todos tienen importantes contratos con Estados Unidos y muchos ejércitos de todo el mundo. Empresas como Uber, CamelBak y Verizon venden artículos tácticos especializados, o auspician con publicidad. Las conferencias van desde actividades locales a reuniones importantes como Urban Shield (Escudo Urbano), al que muchos llaman el mayor entrenamiento de SWAT del mundo. Urban Shield reúne anualmente a cientos de participantes de todas las regiones del país y muchos actores globales como la policía israelí, brasileña y noruega.

Además de los lugares en donde las agencias tienen planeadas sus compras el próximo año, a menudo organizan “ejercicios” estilo Hollywood que estimulan ataques o desastres a los que los participantes “responden”, en competencia por importantes honores de SWAT.

Esto nos trae a una de las mayores funciones ideológicas de estas reuniones: definir “al enemigo”. No es coincidencia que los infames demagogos islamofóbicos como Ryan Mauro y Sebastián Gorka hayan sido grandes oradores en estos encuentros, pues su “experiencia” (nunca validada) en Islam y terrorismo sirve para generar temor de próximos ataques en Estados Unidos y alimenta directamente las industrias de los comités de expertos de ISIS y Al-Qaeda. Los entrenamientos de SWAT también definen quién cuenta como “persona con información privilegiada”, y ofrece a los asistentes la oportunidad de sorteos, parrilladas y cerdos asados (sin insinuaciones de nada).

Las mentalidades militarizadas dependen mucho de las culturas de miedo, supremacía blanca, heteropatriarcado y la lógica de guerra de “nosotros vs. ellos”, mientras se infiltran exitosamente a través de agencias, como departamentos de policía, normalizan la violencia contra quienes ya se consideran desechables, peligrosos o “radicales”, y amplían dramáticamente la fuerza del militarismo a través de nuestras comunidades.

En el último año, hemos investigado detalladamente seis entrenamientos de SWAT y exposiciones de armas en regiones de Estados Unidos (sur de California, Área de la Bahía, Medio Oeste y norte de Nueva York, entre otras), realizado campañas en comunidades de resistencia, inspiradas por trabajo solidario con movimientos que enfrentan gas lacrimógeno en Egipto, Chile y otros lugares. Este trabajo ha ofrecido muchos puntos importantes que encontramos valiosos para organizar.

1. No son solamente las armas. Es la mentalidad militarizada que conllevan

Cuando se hace campaña contra los entrenamientos de SWAT, es fácil quedar atrapado en lo que venden los comerciantes de armas en las exposiciones, y lo que la industria de uso de la fuerza está creando para la policía. Pero también es igualmente crucial ver detrás de las armas y abordar la mentalidad militarizada y la cultura subyacente. Solamente si exponemos las maneras en que se capacita intencionalmente a las autoridades podremos empezar a descomponer las mentalidades militarizadas de policías agresivos que golpean y resistir los aspectos del militarismo que afectan a las personas en maneras cotidianas.

Estas exposiciones de armas suelen venir acompañadas de talleres que brindan los comerciantes de armas que publicitan masculinidad, soluciones para la industria de defensa y mentalidades militarizadas. Los talleres defienden soluciones limitadas a problemas complejos; por ejemplo, como hizo la Asociación Nacional de Oficiales Tácticos (NTOA) con un taller llamado “Habla-Pelea-Dispara- Vete”, que alienta las soluciones con uso de fuerza y “mentalidades guerreras” sobre tácticas de disminución. Se suele vender el uso de la fuerza como una solución para escenarios que incluyen crisis de salud mental (hemos hecho campaña contra conferencias donde se anuncia a los oficiales de SWAT como mejor equipados que profesionales médicos para lidiar con esas crisis).

No es pues sorpresa que los equipos de SWAT, los soldados de infantería de la notoriamente racista “guerra contra las drogas” hayan traído históricamente una mentalidad de guerra a la práctica diaria de patrullar y arrestar.

2. Temor al “terror musulmán” justifica muertes de negros y latinos

La amenaza de terrorismo islámico nacional es una justificación frecuente para los entrenamientos de SWAT, y por eso destacan a los fanfarrones y charlatanes de Fox News que sostienen que los bolsillos de Estados Unidos están controlados por milicias islamistas, o que el Consejo para Relaciones Estadounidense-Islámicas (CAIR) es una amenaza inminente. Estas reuniones son verdaderas fábricas de islamofobia: resistirlas significa combatir ese tipo de odio y recordarle al público que los verdaderos ataques de terrorismo interno son extremadamente raros.

Pero incluso cuando difunden islamofobia en teoría, las tácticas de SWAT no se usan principalmente contra estadounidenses musulmanes no negros en la práctica. En cambio, cientos de incursiones de SWAT al día se realizan abrumadoramente contra las comunidades pobres de negros y latinos en todo el país. El Islam se usa como cortina de humo para fortalecer y aplicar un racismo diferente en el terreno. Esto a pesar del hecho casi siempre olvidado de que aproximadamente el 25 % de musulmanes nacidos en Estados Unidos son afroestadounidenses.

Esta realidad aporta un terreno fértil para que los musulmanes no negros en Estados Unidos trabajen en coaliciones responsables con comunidades negras y latinas. Las incursiones de SWAT que matan y traumatizan a esas comunidades también promueven una cultura política paranoide que legitima las guerras en el exterior. Si se combate a la policía y la militarización, es posible hacerle frente al maltrato policial racista, a la vigilancia de comunidades estadounidenses musulmanes y a la “guerra global contra el terror” de una sola vez.

3. Más allá del coro

Sembrar coaliciones en todo el país ha brindado una manera importante y concreta para que los grupos colaboren en una amplia variedad de identidades e ideologías —se necesita una acción contra el antisectarismo ahora más que nunca. Sin embargo, es donde suele fracasar nuestro trabajo en su alcance más allá de los activistas. Con el deseo de alzar a las comunidades de primera línea, con frecuencia nos encontramos cerca de animar las voces de la comunidad de jóvenes gays trans de color (QTPoC) que a menudo tienen educación universitaria, son de clase media y son organizadores y activistas remunerados como nosotros, que podemos tener reuniones y manifestaciones en horas de trabajo. ¿Cómo salimos de esta hábito y cambiamos nuestras estrategias de organización para que realmente podamos ampliar nuestro trabajo de la forma en que se necesita con urgencia para cambiar el poder ante un régimen neofascista?

Nos inspiramos en convergencias que mantienen el liderazgo y principios de la comunidad, y llegamos a bases amplias y mentes tradicionales, mientras buscamos fines visionarios, como el trabajo de vanguardia iniciado por la convergencia liderada por indígenas #noDAPL en Standing Rock o el trabajo de cambio de conciencia que muchos grupos de Black Lives Matter han estado logrando en el país desde hace más de un año. Como este caso de Carolina del Norte nos muestra, debemos ir más allá del coro—ahora más que nunca

4. Terminar con el militarismo en todas partes

Los entrenamientos de SWAT son la fea punta de un iceberg todavía más feo. El militarismo generalmente se está insertando más profundamente en la vida social. A pesar de la retórica de que el Departamento de Seguridad Nacional tiene a las comunidades “seguras”, el financiamiento federal para la policía y agencias a menudo lastima a las propias comunidades vulnerables —que se nota más con la adquisición de drones, y también por medio de políticas traicioneras o mantenimiento regular de la institución policial (como pagar sobretiempo a los oficiales). El financiamiento a la militarización policial que promueve prácticas de vigilancia como las Ventanas Rotas o “vigilancia comunitaria” no hace que las comunidades estén a salvo, sobre todo con personas ya criminalizadas.

Necesitamos nuevas visiones de seguridad que no dependan de montos a contraterrorismo del Departamento de Seguridad Nacional o políticas extremas de deportación masiva, vigilancia de fronteras, mayores vetos, prohibiciones de viaje y muros fronterizos. Necesitamos verdaderos santuarios que brinden refugio a mayores incursiones federales. Debemos elevar grupos que lideren el camino del cambio de cultura y que también brinden apoyo inmediato, como está haciendo DRUM con la construcción de Zonas de No Odio locales en barrios de Nueva York, o Mijente que impulsa la expansión del santuario nacional, o Not1More que toma acción directa y acción estratégica contra las deportaciones en todo el país. Aplaudimos a las ciudades que se han unido al Movimiento Ciudades Santuario (legal o simbólicamente). Convocamos a más ciudades para que sean Ciudades Santuario, para que podamos reclamar seguridad y defender nuestras ciudades y a los más vulnerables. Es esencial llevar el asunto del militarismo a organizar todos los asuntos. Ahora, las conexiones nunca han sido más traicioneras.

Interactuar con el militarismo donde podemos reconocerlo primero —en la policía de Estados Unidos, prisiones y fronteras— permite que aparezcan chispas de una conexión internacionalista. Presionar para que el sector público de Estados Unidos desmilitarice sus instituciones, cuestione la creciente hibridez del patrullaje y el militarismo, y rechazar el financiamiento local del Departamento de Seguridad Nacional probablemente oriente a los activistas nacionales a cuestionar mejor el militarismo internacional más ampliamente, empezando con el presupuesto militar de Estados Unidos de $1.3 trillones (más que todos los ejércitos del mundo juntos). Tal vez entonces podamos compartir una visión positiva de un nuevo internacionalismo —movimiento global que no deja a nadie rezagado y que prioriza campañas de solidaridad alineadas antes que metáforas vacías. Una donde “No aquí ni en ningún lugar”, como decía un cartel de Stop ITOA en Chicago, se pueda empezar a realizar.

5. ¿Guerra en casa?

Hemos estado combatiendo los entrenamientos de SWAT porque tienen como resultado daño directo a algunas de las comunidades más vulnerables en Estados Unidos. Las incursiones de SWAT muestran cómo hay una “guerra en casa” para las comunidades negras, latinas, pobres, musulmanas y árabes internamente. Aunque en realidad, “la guerra” no está ahí, y sigue siendo fundamentalmente diferente de las guerras que ocurren en Afganistán, Siria, Iraq, República Democrática del Congo, Yemen, Colombia, Somalia, y muchas otras partes del mundo. No planteamos esto para participar en las Olimpiadas de la Opresión, sino para señalar las escalas de violencia que a veces se mezclan en el servicio de movilizar metáforas que al final no nos llevan a la solidaridad global y movimiento antimilitarista que este mundo, sobre todo este país, necesita.

Identificar y destacar semejanzas entre realidades vividas puede ser un punto de inicio para generar solidaridad, pero cuando termine ahí, si es que termina, puede hacerse dañino para crear relaciones significativas y dar apoyo material que es consciente de cómo la violencia estatal y la violencia global son diferentes en diferentes contextos. Pedimos crear más conexiones entre comunidades, y tenemos cuidado de olvidar que el excepcionalismo de Estados Unidos es efectivo incluso dentro de nuestros espacios progresivos de organización. ¿Cómo podemos crear narrativas y hacer campaña por realidades que afirman internacionalismo en todos los aspectos de nuestro trabajo? Hacemos un llamado a organizarnos contra la islamofobia globalmente —no solamente a proteger la dignidad de compatriotas musulmanes estadounidenses, sino a los musulmanes de todo el mundo afectados por la guerra y el militarismo. Hacemos un llamado para organizarnos que afirma que las vidas negras importan en todo el mundo, no solamente las vidas negras estadounidenses.

Más importante, lo que se pierde en esta dinámica es que cuando se habla con iraquíes, afganos y colombianos, a menudo nos dicen que no quieren lástima. En cambio, personas que viven en medio del conflicto a menudo quieren ser reconocidos primero como humanos, y luego, a veces, como socios en una lucha que tiene mucho que enseñarnos en el norte sobre organizarse en zonas de guerra o en regímenes autoritarios. La derecha gana fuerza en Occidente, y las lecciones de las feministas en Iraq que están construyendo refugios subterráneos para mujeres en Bagdad, por ejemplo, son cruciales para nosotros ahora mientras buscamos esperanza.

¡Adelante!

Esperamos que estos cinco puntos de partida ayuden a los organizadores en todo el mundo a dar forma a campañas, proyectos y discusiones con la finalidad de desmantelar la militarización policial localmente, con la esperanza de afectar al militarismo en todo el mundo. Quienes estén cerca del Área de la Bahía deberían ir a la Coalición Stop Urban Shield; quienes están cerca de Chicago, a la Coalición Stop ITOA; y quienes están en la costa oeste o en cualquier otra parte y espere saber más sobre resistir a la militarización policial, que contacte a la Liga de Resistentes a la Guerra .

La militarización policial aumentará con Trump y sus promesas de aumentar presupuestos de seguridad pública ya inflados y patrullas y agentes fronterizos. Mientras hacíamos campaña contra los entrenamientos de SWAT y exposiciones de armas durante años, el terreno político presente ciertamente no ofrecerá concesiones federales (como nuestro antiguo pedido para que el Senado recorte el presupuesto de UASI).

Deberemos estar en las calles, para generar resistencia creativa no violenta, pedir reforma de políticas y cambios legislativos—pero también deberemos encarnar el colectivismo, la voluntad de trabajar juntos, y desvinculación de patrullaje y cultura de uso de fuerza: institucionalmente unas con otras y alrededor del mundo.

Este artículo se publicó originalmente el 6 de julio de 2017 en The New Inquiry. Se reproduce con la amable autorización de Tara Tabassi y Ali con licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported.

Información del autor

Tara es organizadora nacional de la Liga de Resistentes a la Guerra en Estados Unidos y actualmente hace campaña contra la militarización policial interna y a las industrias de armas y guerra globalmente. Los antecedentes de Tara están en la organización comunitaria con jóvenes gays y trans de comunidades de color y generación de movimiento BDS en cooperativas de alimentos y espacios LGBTQ. Tara es iraní-estadounidense y creció en La Haya, Países Bajos. Tara tiene una licenciatura de Evergreen State College, Estados Unidos, en Derechos Humanos basados en Género y una maestría en Conflicto, Reconstrucción y Seguridad Humana del Instituto de Estudios Sociales, Universidad Erasmus en los Países Bajos. A Tara le gusta el arte político y la medicina con plantas y cultivar, cocinar y comer.

Ali es organizado de campo en la Liga de Resistentes a la Guerra (WRL) en Estados Unidos y es cocoordinador en la campaña de WRL para terminar con la militarización policial. Es originario de Iowa -entre otros lugares- y tiene una maestría en Estudios Árabes de la Universidad de Texas. Es autor de Against All Odds: Voices of Popular Struggle in Iraq y es miembro del comité de financiación a la comunidad del Fondo North Star, fundación que brinda subvenciones a grupos comunitarios de base. L gusta tocar la trompeta y vive en Brooklyn, Nueva York.

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